Aferrarse a un hierro ardiendo y ser feliz durante un tiempo

Hoy me he levantado pensativa o triste o decepcionada o rendida o melancólica. No sé. Un poco de todo tal vez.

Hoy me he levantado preguntándome que qué tal te va; qué fue de ti, de tus dolores, de tus frustraciones, de tus metas, de si ya has encontrado a alguien que me sustituya...

Porque aferrarse a un hierro ardiendo es nuestra mayor valentía. Que sabemos cómo acabará... o no, quién sabe, pero siempre está ahí ese escepticismo aplacado por todos esos besos, caricias y noche en vela.

En cambio, un día llega.

Un día que empieza como otro cualquiera. O no. A lo mejor llueve y tú piensas que llegara él, como todos los días, a sacarte la imposible sonrisa; esa que se desvanece por culpa de todo y todos. Pero da igual cómo empiece el día. ESE día. Porque sin saberlo, sin querer verlo, lo importante no será cómo empiece sino cómo de destrozada te sentirás cuando acabe.
Llega como la primavera o la tormenta de verano, de golpe. Llega sin avisar o avisando sin querer nosotros divisar lo que está pasando.

Y entonces te pregunta quién te sacará la imposible sonrisa del día, esa que no es capaz cualquiera. Esa sonrisa que se fue con él hasta que tú misma decidas rescatarla otra vez.

Es difícil. Lo sé.

Es difícil aferrarse a un hierro ardiendo e intentar que nunca te llegue a quemar.
Es difícil saber que todo lo que empieza acaba y que no todo en la vida son finales felices.
Que la felicidad no llega al final, ni al principio sino en el nudo y es ahí cuando debemos ser conscientes de que no todo acaba como nos gustaría o, peor, que simplemente todo acaba... Como esa canción que tanto te gusta o la sonrisa de aquel hombre que siempre te despierta o aquel beso que todas las noches te daba tu abuela.
Pero sabes, como asimismo sé yo, que sin esas pequeñas cosas, llámalas costumbres o rutina o felicidad, pero que sin ellas, no seríamos personas. Y que aunque todo acabe, aún más sabiéndolo, debemos disfrutar de ellas hasta que estas decidan decirnos adiós.
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