Depredadores depredados.

Que Dios os bendiga,
a mí me dais asco.
Se escapan de las manos
ruidos, egocentrismo,
viento frío, la nada...
sois vacíos.

Depredadores del yo.
Del y tú qué
tu culpa fue. 
Yo no fui. 

Depredadores del ayer,
hiciste, dijiste
estás sellado por lo que fuiste
no me vale el presente.
Ya no eres como antes.

Desterráis al humano,
os quedáis con sus cosas
y lo llamáis buena acción.
Aplausos por los triunfos.
Aplausos por la ignorancia.

Aplausos vacíos.
Llenos de rencor,
de vanidad y codicia.
De quiero ser mejor que tú
y solo lo conseguiré si te destruyo.

Depredadores del fuego,
nadie lo inventó para quemarnos entre nosotros.
Las brujas que no quisieron ser como vosotros
Creyentes que no creían
en espectros como vosotros.

Depredadores, no cambiáis nada.
No sois nada,
Somos más fuertes los que os tenemos en el punto de mira.
Somos callados, constantes y fuertes.
Somos animales que sabemos a quien depredar.
A quien cazar, comer y desterrar.


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Y ahora un poema... o varios.

(Sin título), poema de Susana Teran (-Devilcraft)

Tus labios son como mi libro favorito, 
quiero leerlos a pesar de que ya los conozco perfectamente, 
me he aprendido de memoria cada pequeño detalle que ocultan. 
Cada roce es como una palabra, un pequeño y fugaz beso se convierte en mi frase favorita,
esa que estará presente en cada momento de mi vida. 
Puede que haya leído mil veces esos labios pero siempre, siempre me gustara volver a leerlos de principio a fin.






Diferentes casi iguales de Serginaz

Sin metro; 
para que medir nuestra estatura cuando sabes que a veces te veo tan alta y efímera como una estrella fugaz:
inalcanzable, 
inexpugnable, 
invicta, 
de estatura perfecta.
Sin báscula; 
para qué pesarnos? 
Aunque a veces te pones tan pesada, 
insoportable, 
insufrible, 
que aguantarte es Misión Imposible.
Tampoco termómetro Doña Calentona, 
ninfómana; 
supuras y sudas estrógenos, 
y con ellos perfumas el ambiente, 
dulce aroma que enloquece...
me enciende.
Menos temperatómetro,
que mostraría lo que nos une: 
La Poesía, 
pasión por emoción, 
ormasmos físicos y mentales;
y es que somos: 
Diferentes Casi Iguales. 


Puedes encontrarlo aquí: @poesiaenanarquia https://www.facebook.com/Poesiaenanarquia



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Pídemelo, niñita

 Decidió visitar a la bruja, con una actitud valiente y positiva. Ella sabía que las probabilidades de obtener su petición eran muy bajas, pero ella quería intentarlo. Jugaba con sus pequeñas manos delante de la puerta, argumentando en su cabeza las posibilidades de que la mandara más allá de su ciudad por pedir tal deseo. Pero ya estaba allí, tarde para arrepentirse así que suspiró, se mentalizó y tocó con sus pequeños nudillos la puerta. Bastó dos simples toques para que ésta se abriera. La niña entró sigilosamente, pensaba que su bravería no se disolvería cuando viera aquel lugar. Pero se equivocó.
Desde su posición, pudo ver como algunas ratas nadaban en un frasco lleno de un líquido gris, en otra parte, se encontraba una cabeza sin ojos puesta encima de una vitrina; cuando dio un par de pasos más, quedó a su vista un perro que tenía la virtud —o la magia— de poder andar en sus dos patas traseras, con las de adelante jugaba al ajedrez solo.
La niña pensó en huir, definitivamente se había precipitado; un lugar así no es un sitio para una niña. Sin embargo, cuando se dio media vuelta, impulsada por el terror y su propia imaginación, la bruja apareció. Esta bruja no tenía una verruga en la nariz, ni un sombrero cutre de pico. Era bonita y sus ojos llegaban a hipnotizar hasta lo más muerto que se encontraba en ese lugar.
La bruja miró de hito en hito a la niña. No dijo nada, simplemente negó con la cabeza.
—¿Dónde vas? Aún no has pedido tu deseo. —la voz de la bruja era calmada, pacífica e incluso dulce. La niña estaba petrificada, millones de sensaciones invadían su cuerpo, una parte de ella la empujaba hacia la salida, pero otra le susurraba que se quedara. Carraspeó e intentó ordenar sus palabras:
—Yo... es que... tú... dicen... no sé... cómo... —. Titubeó la chica, la bruja rio. Y, de nuevo, negó con la cabeza.
—Oh, niña preciosa y valiente, no debes tener miedo. Pídeme e intentaré ayudarte. —dijo la bruja, su voz seguía sonando de lo más calmada e incluso llegaba a ser confiada. La niña tragó saliva y se animó a decirlo.
—Quiero acabar con las injusticias del mundo. —soltó la niña. La bruja se quedó ojiplática, esperaba la petición de una niña de su edad, algo como una muñeca que hable de verdad o un perrito. La extraña y preciosa bruja se llevó la mano a su barbilla, pensando en las consecuencias de lo que ésta le pedía.
—¿Qué obtengo yo a cambio? —preguntó. Ella no hacía las cosas gratuitamente. La niña no pensó en eso. Así que le respondió lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Unas eternas vacaciones. Estoy segura de que muchas personas vienen aquí a pedirte venganza o para echar alguna maldición. Si las injusticias no existieran, esas personas no vendrían aquí y tu podrías hacer... cosas. —dijo la niña, mostrando seguridad ante lo que decía, intentando que no se notara mucho la improvisación. La mujer mostró una gran sonrisa.
—En tal caso, que así sea. —la bruja chasqueó los dedos y un gran temblor invadió el lugar. Este temblor no duró más de cinco segundos, en cambio, cuando paró y la niña miró a la bruja, ésta era todo pellejo. No tenía pelo y, desde donde se encontraba, pudo ver dos verrugas. ¿Acaso se había hecho justicia con la bruja? No es justo que sólo ella obtenga la virtud de la juventud cuando ya no lo es. Las ratas se hallaban jugueteando por la casa, libres, y el perro de dos patas, ya tenía cuatro y hacía cosas de perros. Si en esta casa se hizo justicia... en el mundo entero...
La niña salió corriendo. Quería ver el milagro que la bruja le había concedido. Corrió hacia el bosque, sin poder quitar ojo de lo que veía. Todo era colores, los verdes de los árboles y sus flores, la tierra olía a vida y todo era precioso. Los pájaros cantaban como nunca antes y el río agradecía la no-contaminación. No obstante, la niña quería ver más. Se fue a su ciudad, especialmente al sin techo que dormía en frente de su casa. Le habían contado que este hombre se le fue quitado todo de una forma cruel; se habían aprovechado al extremo. Sin embargo, ahora se encontraba feliz. La niña se acercó y le preguntó. El hombre le comentó que uno de los comerciantes necesitaba a una persona que se hiciera cargo de su jardín y pensó en él, no veía justo que nadie le diera trabajo. La niña, feliz, quiso saber más.
Se fue directamente a la puerta de su colegio. Allí estaba una madre tan feliz como se encontró al (ex) sin techo. La mujer daba las gracias al colegio por pagarle a su hijo los tres años que le faltaban por cursar. Este niño iba a ser echado por no poder pagar. La niña se sentía plena por todas las buenas nuevas que escuchaba y veía. Así que decidió ir a su casa y comentarle a su madre que todo aquello lo había hecho ella.
Cuando llegó a su hogar, su madre se encontraba empaquetando algunos libros de cocina y ropa.
—¿Qué pasa mamá? —la niña pensaba que se los daría a alguna persona que lo necesitase, pero esa no fue su respuesta.
—Debemos mucho dinero a Hacienda y no tenemos con qué pagarlo. —la niña no sabía qué era hacienda y tampoco entendía por qué empaquetaba sus cosas. La madre, al ver la expresión de la niña, le aclaró:
—Nos han quitado la casa, cariño. —la chiquilla entendió el punto y no le gustó nada lo que eso significaba. Una lágrima se escapó y, sin decir nada más, salió corriendo.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó la niña nada más divisar a la bruja. Ésta se miraba al espejo, intentando ocultar y tapar algunas de sus arrugas. La bruja no se inmutó, sabía que volvería.
—Yo he obtenido mi edad, eaquel bastardo una oportunidad, el niñato una beca y tus padres un embargo. Se ha hecho justicia.
—¡No! No se ha hecho justicia. Mis padres no deberían pagar nada.
—Tus padres no pagaron cuando debieron. Ahora hay justicia y eso implica pagar. No fue mi deseo sino el tuyo, atente a tus consecuencias, niñita. —la pequeña se paseaba por la casa de la bruja. Tenía que pensar en algo y rápido. No podía dejar eso así, no.
Sólo había una solución. No le parecía lo más correcto porque eso implicaría desahcer lo bueno del deseo, pero ¿qué pasaría con su familia? No podía permitirlo. Miró a su compinche que en esos momentos se estaba poniendo una peluca. La bruja, al notar los ojos de la niña en ella, se giró para enfrentarla.
—Pídemelo, niñita.
—Quiero que todo vuelva a ser como antes de mi deseo. —la bruja chasqueó los dedos y, de nuevo, otro temblor invadió el lugar. A los segundos, la bruja volvió a tener su figura de modelo y sus ojos hipnotizadores. Las ratas nadaban en líquido grisáceoy el perro andaba sobre dos patas, ahora jugaba al poker. La niña corrió hacia el bosque. Todo era de color triste y desolado. El sin techo seguía en su banco, comiendo algo que se encontró en la basura y el niño salió llorando del colegio, no tendría una educación digna. La niña se fue hacia su casa, buscó a su madre y la vio sentada en el sofá, leyendo una revista.
—¿Qué pasó hija?



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Y ahora un poema... (o varios)

A todos los que queráis participar con algún poema que os guste o propio clicar AQUÍ


Quiero verte de Leonardo16

No quieres verme.

Te amo, y muero sin tus labios.

Te amo, aunque ya no quieras amarme.
No somos cercanos, somos Venus y Marte.
Un ocaso al borde de tus manos.
Un verbo que olvida conjugarse.

Te amo, y muero sin tu voz.

Te amo, aunque me arranques el corazón.
No somos humanos, somos frío y calor.
Un paso lento sin acabarse.
Un amor eterno que olvida amarse.

Si supieras que la rosa de invierno
es más que el jardín de primavera.
Sabrías que una brisa de nuestro tiempo,
es más que lo eterno del poema.

Te amo, y muero sin verte.

Te amo, aunque ya no quieras verme.
No somos reales, somos loca y demente.
Un cuento que no puede narrarse.
Un final que no puede detenerse.

Te amo. Quiero verte.
No me amas. No quieres verme.



Hoy que puedo dar brillo...  de Melina Sornoza V

Hoy que puedo dar brillo a tu camino,
Me esforzaré por construir los pasillos más hermosos,
Plantaré flores para que las más dulces fragancias te rodeen,
Eres para mí un ser extremadamente valioso.

Escribiré notas y las esparciré por tus pies,
Para que si en algún momento tus pies se dobleguen por las circunstancias,
Cada nota sea una razón para levantarte,
A pesar de que no esté junto a ti por la distancia.

Guardaré parte de mis memorias junto a ti,
En un cofre bañado de esperanza y de fe.
Eres un ser brillante, una obra de arte que descubrí,
Creo en ti y en las grandes cosas que puedes lograr hacer.

No te rindas, lo mejor está por venir
He visto el brillo en tus ojos.
He visto que a pesar del dolor, tu alma empieza a resurgir.
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Llamo a la juventud de Miguel Hernández.

Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte...
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.

Si cada boca de España,
de su juventud, pusiese
estas palabras, mordiéndolas,
en lo mejor de sus dientes:
si la juventud de España,
de un impulso solo y verde,
alzara su gallardía,
sus músculos extendiese
contra los desenfrenados
que apropiarse España quieren,
sería el mar arrojando
a la arena muda siempre
varios caballos de estiércol
de sus pueblos transparentes,
con un brazo inacabable
de perpetua espuma fuerte.

Si el Cid volviera a clavar
aquellos huesos que aún hieren
el polvo y el pensamiento,
aquel cerro de su frente,
aquel trueno de su alma
y aquella espada indeleble,
sin rival, sobre su sombra
de entrelazados laureles:
al mirar lo que de España
los alemanes pretenden,
los italianos procuran,
los moros, los portugueses,
que han grabado en nuestro cielo
constelaciones crueles
de crímenes empapados
en una sangre inocente,
subiera en su airado potro
y en su cólera celeste
a derribar trimotores
como quien derriba mieses.

Bajo una zarpa de lluvia,
y un racimo de relente,
y un ejército de sol,
campan los cuerpos rebeldes
de los españoles dignos
que al yugo no se someten,
y la claridad los sigue,
y los robles los refieren.
Entre graves camilleros
hay heridos que se mueren
con el rostro rodeado
de tan diáfanos ponientes,
que son auroras sembradas
alrededor de sus sienes.
Parecen plata dormida
y oro en reposo parecen.

Llegaron a las trincheras
y dijeron firmemente:
¡Aquí echaremos raíces
antes que nadie nos eche!
Y la muerte se sintió
orgullosa de tenerles.

Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda,
de tanta hermosura ausente.


Juventud solar de España:
que pase el tiempo y se quede
con un murmullo de huesos
heroicos en su corriente.
Echa tus huesos al campo,
echar las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite.
Reluce por los collados,
y apaga la mala gente,
y atrévete con el plomo,
y el hombro y la pierna extiende.

Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja
la juventud siempre vence,
y la salvación de España
de su juventud depende.

La muerte junto al fusil,
antes que se nos destierre,
antes que se nos escupa,
antes que se nos afrente
y antes que entre las cenizas
que de nuestro pueblo queden,
arrastrados sin remedio
gritemos amargamente:
¡Ay España de mi vida,

ay España de mi muerte!
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Maltrato sutil.





Este vídeo habla sobre cómo la sociedad nos cambia, nos limita, nos imputan a ser como los demás y no uno mismo.
Que no te engañen, no tienes que compararte ni ser como los demás. Búscate y enamórate de ti mismo y lucha contra viento y marea por esa descabellada manera de pensar de que todos somos idénticos. Lo que nos hace especiales es todo lo contrario. Ánimo.

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Sesenta.

Sesenta veces abrí el chat para decirte hola.
Sesenta fueron los segundos que me hicieron falta para tener el valor de decirte adiós.
Sesenta las maneras con las que probé para llamar tu atención.
En sesenta milésimas me enamoré de ti...
Y ya llevo sesenta días intentando olvidarte.
Sesenta minutos hablamos la primera vez.
Sesenta kilómetros separaban la realidad de dos personas; nuestra verdadera cara.
Sesenta horas les dedicamos a contarnos nuestros miedos.
Sesenta veces morí, para verte sonreír un minuto.
Sesenta meses en cansarnos de esto.
Sesenta son las palabras que ocupó aquella carta en la que te decía te quiero.
No fueron ni sesenta segundos los que tardaste en tirarla.
Sesenta las entradas que te he dedicado en este blog.

Pasaron años, no tantos como sesenta... pero se sintieron eternos.

Esta vez fuiste tú quien abrió la conversación.
Tardé sesenta horas en salir del impacto y contestarte.
Quedamos para charlar.
Y volvimos a sentir esas sesenta y tantos sentimientos, como la primera vez.
Al sexagésimo beso no querrás separarte de mí, me dijiste.
Y en mi cabeza te contesté que ni en sesenta malditos siglos podría olvidarme de esos besos.

Sesenta parece un número perfecto para ti. Que vives atropelladamente, confiado e improvisto de baches.

Sesenta las caras que te encontré en todos esos silencios que me otorgaste.
Sesenta las veces que me miraste arrepentido y triste.
Sesenta oportunidades las que te otorgaría.
Sesenta los llantos por darte esas maneras de no cagarla.

Esta es mi entrada sesenta y pico. Mi último suspiro por ti.
La última vez que te dedicaré mi tiempo y mi escritura.
Porque sesenta fueron las veces que me dejaste ir.

Esta vez, al minuto sesenta, me iré yo.








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