Y ahora un poema... (o varios)

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Quiero verte de Leonardo16

No quieres verme.

Te amo, y muero sin tus labios.

Te amo, aunque ya no quieras amarme.
No somos cercanos, somos Venus y Marte.
Un ocaso al borde de tus manos.
Un verbo que olvida conjugarse.

Te amo, y muero sin tu voz.

Te amo, aunque me arranques el corazón.
No somos humanos, somos frío y calor.
Un paso lento sin acabarse.
Un amor eterno que olvida amarse.

Si supieras que la rosa de invierno
es más que el jardín de primavera.
Sabrías que una brisa de nuestro tiempo,
es más que lo eterno del poema.

Te amo, y muero sin verte.

Te amo, aunque ya no quieras verme.
No somos reales, somos loca y demente.
Un cuento que no puede narrarse.
Un final que no puede detenerse.

Te amo. Quiero verte.
No me amas. No quieres verme.



Hoy que puedo dar brillo...  de Melina Sornoza V

Hoy que puedo dar brillo a tu camino,
Me esforzaré por construir los pasillos más hermosos,
Plantaré flores para que las más dulces fragancias te rodeen,
Eres para mí un ser extremadamente valioso.

Escribiré notas y las esparciré por tus pies,
Para que si en algún momento tus pies se dobleguen por las circunstancias,
Cada nota sea una razón para levantarte,
A pesar de que no esté junto a ti por la distancia.

Guardaré parte de mis memorias junto a ti,
En un cofre bañado de esperanza y de fe.
Eres un ser brillante, una obra de arte que descubrí,
Creo en ti y en las grandes cosas que puedes lograr hacer.

No te rindas, lo mejor está por venir
He visto el brillo en tus ojos.
He visto que a pesar del dolor, tu alma empieza a resurgir.
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Llamo a la juventud de Miguel Hernández.

Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte...
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.

Si cada boca de España,
de su juventud, pusiese
estas palabras, mordiéndolas,
en lo mejor de sus dientes:
si la juventud de España,
de un impulso solo y verde,
alzara su gallardía,
sus músculos extendiese
contra los desenfrenados
que apropiarse España quieren,
sería el mar arrojando
a la arena muda siempre
varios caballos de estiércol
de sus pueblos transparentes,
con un brazo inacabable
de perpetua espuma fuerte.

Si el Cid volviera a clavar
aquellos huesos que aún hieren
el polvo y el pensamiento,
aquel cerro de su frente,
aquel trueno de su alma
y aquella espada indeleble,
sin rival, sobre su sombra
de entrelazados laureles:
al mirar lo que de España
los alemanes pretenden,
los italianos procuran,
los moros, los portugueses,
que han grabado en nuestro cielo
constelaciones crueles
de crímenes empapados
en una sangre inocente,
subiera en su airado potro
y en su cólera celeste
a derribar trimotores
como quien derriba mieses.

Bajo una zarpa de lluvia,
y un racimo de relente,
y un ejército de sol,
campan los cuerpos rebeldes
de los españoles dignos
que al yugo no se someten,
y la claridad los sigue,
y los robles los refieren.
Entre graves camilleros
hay heridos que se mueren
con el rostro rodeado
de tan diáfanos ponientes,
que son auroras sembradas
alrededor de sus sienes.
Parecen plata dormida
y oro en reposo parecen.

Llegaron a las trincheras
y dijeron firmemente:
¡Aquí echaremos raíces
antes que nadie nos eche!
Y la muerte se sintió
orgullosa de tenerles.

Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda,
de tanta hermosura ausente.


Juventud solar de España:
que pase el tiempo y se quede
con un murmullo de huesos
heroicos en su corriente.
Echa tus huesos al campo,
echar las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite.
Reluce por los collados,
y apaga la mala gente,
y atrévete con el plomo,
y el hombro y la pierna extiende.

Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja
la juventud siempre vence,
y la salvación de España
de su juventud depende.

La muerte junto al fusil,
antes que se nos destierre,
antes que se nos escupa,
antes que se nos afrente
y antes que entre las cenizas
que de nuestro pueblo queden,
arrastrados sin remedio
gritemos amargamente:
¡Ay España de mi vida,

ay España de mi muerte!
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Maltrato sutil.





Este vídeo habla sobre cómo la sociedad nos cambia, nos limita, nos imputan a ser como los demás y no uno mismo.
Que no te engañen, no tienes que compararte ni ser como los demás. Búscate y enamórate de ti mismo y lucha contra viento y marea por esa descabellada manera de pensar de que todos somos idénticos. Lo que nos hace especiales es todo lo contrario. Ánimo.

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Sesenta.

Sesenta veces abrí el chat para decirte hola.
Sesenta fueron los segundos que me hicieron falta para tener el valor de decirte adiós.
Sesenta las maneras con las que probé para llamar tu atención.
En sesenta milésimas me enamoré de ti...
Y ya llevo sesenta días intentando olvidarte.
Sesenta minutos hablamos la primera vez.
Sesenta kilómetros separaban la realidad de dos personas; nuestra verdadera cara.
Sesenta horas les dedicamos a contarnos nuestros miedos.
Sesenta veces morí, para verte sonreír un minuto.
Sesenta meses en cansarnos de esto.
Sesenta son las palabras que ocupó aquella carta en la que te decía te quiero.
No fueron ni sesenta segundos los que tardaste en tirarla.
Sesenta las entradas que te he dedicado en este blog.

Pasaron años, no tantos como sesenta... pero se sintieron eternos.

Esta vez fuiste tú quien abrió la conversación.
Tardé sesenta horas en salir del impacto y contestarte.
Quedamos para charlar.
Y volvimos a sentir esas sesenta y tantos sentimientos, como la primera vez.
Al sexagésimo beso no querrás separarte de mí, me dijiste.
Y en mi cabeza te contesté que ni en sesenta malditos siglos podría olvidarme de esos besos.

Sesenta parece un número perfecto para ti. Que vives atropelladamente, confiado e improvisto de baches.

Sesenta las caras que te encontré en todos esos silencios que me otorgaste.
Sesenta las veces que me miraste arrepentido y triste.
Sesenta oportunidades las que te otorgaría.
Sesenta los llantos por darte esas maneras de no cagarla.

Esta es mi entrada sesenta y pico. Mi último suspiro por ti.
La última vez que te dedicaré mi tiempo y mi escritura.
Porque sesenta fueron las veces que me dejaste ir.

Esta vez, al minuto sesenta, me iré yo.

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Y ahora... un poema (o varios)

Algunos de mis mejores amigos son electrodomésticos de Óscar García Sierra

originalmente fui diseñado para llorar en la ducha los fines de semana
pero con el paso del tiempo te olvidaste de por qué me habías comprado
y empezaste a utilizarme para darle celos a tu exnovio.
algunos de mis mejores amigos son electrodomésticos
me siento más cómodo alrededor de gente que me trata como un objeto
porque no necesito moverme para satisfacer sus expectativas.
el lunes perdí cinco quilos escribiéndote un mensaje antes de dormir.
el martes llamé al tarot para pedir consejo sobre si debería salir de la cama
el miércoles seguía en la cama aunque el tarot me haya dicho que saliese.
estoy escribiendo tu nombre con sudor en  una camiseta de propaganda
cada vez que te miro estoy pensando en diez maneras distintas de dejar la mente en blanco. 
quiero hacer cosas que solo entiendan los seres vivos que solo se comen a sus crías
tengo todo lo que se necesita para ser un pañuelo de papel usado en el fondo de tu bolso
noto como la droga acorrala mis pensamientos en la parte de atrás de mi cerebro y me tranquiliza que esté secuestrada en un cuerpo a otro lado del mundo
wow hacia casi cinco minutos que no me sentía tan mal
casi siempre me invento la respuesta cuando alguien me pregunta qué tal.




Enigma de poeta... de  Anna A. Mendoza G. (Colombia)

Abres tu corazón, cual tintero
y con tu pluma escribes
lo que de tu imaginación brota,
enigma de poeta indescifrable
con lágrima o risas van fluyendo.

Mientras caen como gotas de lluvia
tus lágrimas dejando huella
en el papel arrugado...
vas plasmando un sentimiento 
que a flote sale, mas no quieres
mantenerlo más guardado.

Mariposas de mil colores vuelan
inquietantes por tu mente
haciendo la más bellas coreografías
resaltando las ideas
que llenan tu mundo de poesía.

Aquellas mariposas
que se posan en tu corazón
para tocar las fibras más profundas y sensibles,
produciendo un ligero cosquilleo
que despierte el amor,
sentimiento fecundo.

Sigue, ya no puedes detenerte...
la magia de tus manos,
que con tu pluma
impregnada con sangre de tus venas
escribe versos de alegría o pena.

Vuelan una a una cual paloma mensajera
llevando a  todas partes tus locas ideas,
llegan al corazón de aquellas
almas sensibles y apasionadas
con lágrimas o quizá un suspiro. 












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Los finales no siempre son como nos gustaría.

Me prometí a mí mismo conquistarte. Llegar a ti aunque tuviera que escalar montañas o bajar al abismo.
Me prometí estar ahí cuando nadie se atreviera a tener paciencia contigo: las hormonas revoloteadas o incluso la infidelidad de otro hombre, no me iba a rendir.
Me prometí cuidarte y protegerte cuando lo necesitaras aunque no supieras cuánto amor derrochaba por ti. Estar a tu lado placaba toda mi frustración.
Me prometí apretar los dientes y llorar en silencio cuando me presentaras al novio de turno, intentando hacer el papel de mi vida, sin que tú te quisieras darte cuenta de cuánto dolía esa escena.
Me prometía amarme sin dejar de amarte a ti. Hasta que decidiste casarte con cualquiera. Con el de turno.

No fui a tu boda. Estaba de más al que tú habías hecho de menos.
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Frida || Quién soy.

Me tapé los ojos con tinta. Preferí el amargo dolor de las palabras a ver cómo me sonreían mientras apuñalaban.  Sé que nunca pertenecí a alguien porque soy nada... porque sólo soy de mí misma; queriendo que cada uno se mire como algún día me miré yo.

Pero siempre aparece alguien y me destapa el pastel: no sé construir sin destruirme. 

Entonces vuelvo a comenzar. Vuelvo a arañarme, a sangrar, a intoxicarme de mí misma, conmigo misma. 
Me siento ahogada, no respiro bien, tampoco puedo pensar y necesito ver(me) en los demás, encontrarme en cuerpos ajenos; en esos cuerpos donde dejé mi alma y no supieron corresponderme. Y, aún así, sólo encuentro un pequeño soplo de lo que pude llegar a ser. Me llamaba, intentando atraerme hacia mí, pero sólo me contestaba un eco... muy a lo lejos, casi imperceptible a mi fino oído. Me sigo llamando porque sé que estoy ahí, que siempre estuve ahí, pero ya no queda nada. No hay nada. 
Luego comprendí que ellos nunca me conocieron. Por eso no podía verme. 

¿Eso significa que nunca supe quién era? ¿Quién soy? 

No lo sé... quizá no soy nada y por eso no puedo proyectarme. No se puede proyectar el vacío. 
Quizá sólo sea ininteligible incluso para mí misma. 
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