Estaba lloviendo. No sé si solo en mi corazón o también a mi alrededor, pero eso no me importaba. Ya no. Ya nada importaba. Aunque hubiera frío o calor; nieve o tormenta; mis propias ganas de seguir en la aventura desaparecieron. Sí, en un chas que tus dedos hicieron o en un chasquido que provocó tu lengua. Todo color desapareció, quedando el que ninguno quiere. Ese que aparece cuando todos los colores se marchan: el negro.

No sé cuándo apareciste, ni importa. Pero recuerdo como agarraste mi mano, inseguro pero valiente. Te atreviste a abrir la boca, pero solo pasó unos segundos hasta que decidiste cerrarla. No sabías qué hacer y, la verdad, yo tampoco. Entonces lo intentaste de nuevo, fíjate, las segundas veces pueden ser mejores que las primeras... y me dijiste que los imposibles no existían, que éramos nosotros los que nos suicidábamos entre simples excusas y estúpidas limitaciones. 

Yo te conté que una parte de mí necesitaba un respiro o que incluso con un suspiro me conformaba. Y tu reíste. Reíste porque te hice gracia o porque yo estaba echa un cuadro entre tanta desgracia o... no sé, pero tu risa, alegre, vivaz, astuta e infantil, me salvó la vida.
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