Tú. Yo. Un escaparate.

Y ahí estoy yo. Mirando el más bonito vestido de novia que jamás veré. Ese vestido que parece hecho único y exclusivamente para ti. Pues el mío está en todas mis narices, en particular en un escaparate. A la vista de todos. A la compra de cualquiera. 
Os describiría cómo es el vestido... pero entonces tendría más competidoras y con las que pasan y se quedan mirando, embobadas, tengo bastante. 

Me limpio una lágrima que intenta huir. Al deshacerme de ella, noto como mi piel está seca; de tantas lágrimas quitadas antes. En realidad, estoy cansada de llorar, de amargarme o de darle vueltas a cosas que no debo...
Hasta que se ha roto el saco.

Lo cierto es que nadie me ha decepcionado como él. Nadie me ha dañado tanto como él... Nadie me ha juzgado y maltratado como él...

Nadie me ha querido como él, nadie me ha apoyado tanto. Nadie me ha hecho reina de un castillo que no merezco.

Suspiro mientras me aferro a mi carpeta de apuntes. Llevo todo el camino llorando por la noticia. Mala, malísima, trágica noticia. 

Él volverá, siempre lo hace. Tiene miedo de perderme; yo también tengo miedo de perderlo. Pero a veces nos aferramos a eso que no nos conviene y ahora... ahora... la verdad es que no sé si debería atraparlo.

Afortunadamente —y al parecer leyéndome la mente—, es él quien me atrapa. No hace falta que mire hacia mi vientre. Sé que son sus manos, sé que es él por su estatura, su colonia, su forma de posar su cabeza sobre mi hombro. Por cómo acaricia mi cuello con su nariz. 
No puedo evitar sonreír. Es tan frustrante esto que siento. ¿Contrariedad? ¿Paradoja? 

—Sé lo que piensas —susurró en mi oído—, yo también tengo miedo de perderte. Pero yo pierdo mucho más que tú. Te has convertido en mi vida; y si desapareces... ¿qué hago con este cuerpo zombie que no quiere vivir si tú no estás? —termina su frase dejando un cálido y dulce beso en mi cabeza. Piensa que mi silencio conlleva algo negativo porque siempre ha llevado consigo algo malo. Pero no es el caso. 

Él, a unos centímetros de mí, mirando el escaparate; el vestido de mi sueño concretamente. Yo, deseando darme la vuelta y besarlo, miro el traje que antes tanto he admirado y quiero. 

De repente, me coge la mano y me arrastra hasta dentro de la tienda. La dependienta está sola, mirando una revista de bodas supongo. 

—Perdone... —dice educadamente— ¿Ese vestido está a la venta? —la mujer mira hacia la dirección que está señalando con el dedo. Yo me quedo petrificada, intentando no averiguar sus pensamientos. La dependienta asiente a mi amor.

—No sé cuánto cuesta. Ni me importa. Sé que con ese vestido no arreglaré todo el daño que le he hecho a lo que más quiero y valoro. Pero hoy ha sido un mal día, tanto para ella como para mí. ¿Y sabe? La primera vez que hoy ha sonreído, ha sido mirando ese vestido. Yo me he imaginado que pensaba en mí, en que yo sería el novio. 

La dependienta echa su cabeza un poco al lado, intentando hacer contacto visual conmigo que estaba a un par de centímetros atrás. Levantó su ceja izquierda y dirigió la mirada a él.

—El amor no se compra con dinero. Ni haciendo que una chica se quede a tu lado porque tenga un anillo en su dedo que diga «es mía».

—No señora, jamás se me ocurriría hacer algo así. Solo quiero dejarle claro a los demás quién pertenece a quién. Y, por supuesto, sé que ella puede encontrar a alguien mejor. Pero yo no. Yo nunca encontraré a alguien como ella y si puedo comprarle ese vestido para que ella se case con el perfecto vestido(y novio); lo haré. Aunque yo no sea el elegido.






N.T.: Perdón por el empalagamiento. 
Share:

Suscríbete vía e-mail